Luna amargaba con su pálido resplandor la noche apagada; dos veces, momentos absurdos de tristeza inconfundible me alegraron al ver fornicar insectos decadentes. No terminaba de dormir cuando sentí un pinchazo en la punta de mi dedo gordo. Una araña dorada descendía por el filo del colchón sin inmutarse por mi movimiento trepidante. Derramando mi miedo en la porcelana, esquivo la alimaña y me escurro por la escalera. Viento húmedo y gris que huele en la sala. Hay dos cadáveres en estado putrefacción. Pasa por la ventana un saxofonista; gira y baila sobre sí mismo. El grito del cuchillo rasga mi cabeza…al caer desperté. Dormía sentado en el escusado.

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