Siempre hay seres en las esquina. El
policía, el don nadie sin nada que hacer, la prostituta, el niño o el perro
abandonado. Ayer observé a una persona que se hallaba justo en una esquina. Era
un cholo, un mugriento, lo que las buenas conciencias quieran ponerle de
apelativo. Era un hombre joven moreno de dieciocho años, cansado, pendiente de
algo que puede venir de la izquierda o de la derecha. Sus manos en los bolsillo
lo delatan, es un hombre que sabe esperar, si parece sospechoso es porque todos
lo somos ante los ojos de los demás. Este cholo dura parado unos minutos ahí,
sin hacer realmente algo, ni siquiera luce preocupado. Puede ser que quiera
cruzar la calle, pero que no se decida a hacerlo por alguna cuestión personal.
Observo bien su rostro, notando que sus cejas son artificiales, no tiene vello,
sino que se ha tatuado dos gruesas pero bien delineadas. Es un cholo más del
tipo Este de los Ángeles, que estilo Mara. Es fino en pocas palabras. Lleva una
gorra de los Dodgers, una playera holgada, sus pantalones tumbados y unas botas
industriales con detalles rojos. Los tatuajes de cejas se complementan con unos
tres puntos en el pellejo que une el pulgar con el índice, mano derecha y con
un San Judas Tadeo en el cuello, lado contrario a la yugular. Todo esto ha
transcurrido en cinco minutos. Él no se mueve, pero yo tampoco. Los dos somos
seres en la esquina. Él está a pleno disparo de cualquier tirador, yo agazapado
entre cortinas de fierro.

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