La
triste noche de estrellas azul vigilan y protegen al tren de pasajeros rumbo a
la ciudad. Envueltos por grises nubes que resaltan sobre el negro terciopelo
que es el cielo, aviones comerciales realizan su vuelo ante la luna.
Un
vagabundo se encuentra recostado. Sin pensar, descansando. Presenciando sus
pulmones el aire helado del sereno, exhala
con dolor produciéndose toses sanguinolentas.
Por
la madrugada, cuando la ciudad reposa-una ciudad nunca duerme- y los perros
callejeros se convierten en guardianes de la noche; el fuego en la punta
incandescente de un cigarrillo; la luz mortecina de un bulbo; o mutar la sangre
en gasolina, es el oleo secándose sobre el lienzo, convirtiendo todo en el
refugio de cualquier abandonado.
El
vagabundo no descansa. Su alma necesita vivir en conflicto. Algunos viven en la
ciudad permanentemente. Otros trotan por los caminos en busca de… no se puede
saber que piensan. Es oscuro el cráneo donde habita su cerebro. Delirio es lo
que necesitan en vez de aire. Bebiendo alcanzan lugares remotos, donde el
hombre teme llegar. Un mundo habitado por criaturas inconcebibles; pesadilla
constante que sólo puede ser aplacada por el dulce olor del removedor de
pintura. Cuando se llega a ese estado la muerte no es más que el nirvana. La
incertidumbre deja de existir. Ser zombi es posible, los haitianos lo
descubrieron con el tiempo. Tarde o temprano un explorador encontraría la
manera de matar el alma

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