Le decían el Mugrosito. Vendía periódico
en un templo que se localiza en una colonia de rancio abolengo. Lo vi y mi
padre me dijo que su padre lo había conocido cuando era el Mugrosito un niño. Y
hasta infiero que mi abuelo le puso tal apelativo, porque según recuerdo, no le
gustaba bañarse.
Según la filosofía abstracta el tiempo
es irreal. Volví a encontrarme con el Mugrosito, seguía igual de viejo, tal vez
un poco más. Como enigma que todo vagabundo representa el Mugrosito guardaba
sus tesoros en el patio de una casa de rancio abolengo. Yo y un primo lo vimos.
Una señora igual de vieja que él se lo permitía. El Mugrosito monta su
bicicleta para perderse en las brumas de mi memoria.

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